Si te he de confesar. Si palabras han de ser arrancadas de entrañas. Si tuviera que bajar de las montañas. Diría que las costas de Mercurio deben de sentirse mejor.
Si te fuera a decir la verdad, amor. Si dejara de engañarme. Si no hay rincón a dónde huir. Diría que el arsénico sabría mejor que tus palabras.
Deja que éste animal se vaya. Pónle ya a dormir, la pobre bestia.
Porque ahora la muerte tiene más seducción que saberte en sus brazos y la copiosa impotencia que acongoja cada mañana.
¿Y a dónde corro, amor? ¿A cuáles sombras? ¿Quién podría querer los añicos que dejaste?

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